Pasado y futuro de la agroindustria y la agroecología. Parte I. De plaguicidas, socioagroecosistemas y consecuencias en Uruguay.

 ¿Qué son los plaguicidas, porqué se usan y desde cuándo?

Según la FAO se define plaguicida como: “cualquier sustancia o mezcla de sustancias destinadas a prevenir, destruir o controlar cualquier plaga, incluyendo los vectores de enfermedades humanas o de los animales, las especies no deseadas de plantas o animales que causen perjuicios o interfieran de cualquier otra forma con la producción, elaboración, almacenamiento, transporte o comercialización de alimentos, productos agrícolas, madera y productos de madera o alimentos para animales, o que puedan administrarse a los animales para combatir insectos, arácnidos u otras plagas en sus cuerpos, o sobre ellos”.

Otra definición: son sustancias químicas artificiales (sintetizadas y/o derivadas del petróleo), que pueden ser líquidas, gaseosas o en polvo, usadas para: eliminar malezas (herbicidas), eliminar hongos (fungicidas), matar insectos (insecticidas), matar nematodos (nematicidas), eliminar roedores (rodenticidas), entre otros. Los plaguicidas también son llamados productos fitosanitarios, agroquímicos, agrotóxicos, biocidas, venenos, remedios, entre otros (Ríos et al, 2013).

Vemos que los plaguicidas son utilizados en una multitud de instancias, sean parte de un proceso productivo o no, y destinados a diversos fines, se puede suponer que se aplican relativamente “lejos” o “cerca”  del cuerpo y/o consumo humano, que no aparece en la cadena producción-elaboración-almacenamiento-transporte-comercialización, ni se menciona en qué otros lugares tienen efectos los plaguicidas, fuesen destinados o no para eso.  Este texto se centrará en los plaguicidas utilizados en la agricultura.

Lo que conocemos de la historia de los plaguicidas viene de antes de Cristo y en una primera etapa llega hasta el siglo XIX. Durante este período, los relatos sobre las plagas y la destrucción y el hambre causados por estas son varios. En la biblia se registra la langosta del desierto (Schistocerca gregaria) hace 3 500 años, cuando Dios envió nubes de langostas a asolar Egipto como una de las diez plagas. En el Corán también se habla de antiguas plagas de langosta.  Un relato contemporáneo a la plaga de langostas de 1747-1748 en Etiopía cuenta que las langostas “cubrían la tierra como la niebla” y que “devoraban todo el grano” (FAO, 2001). Como consecuencia de las plagas se crearon los primeros plaguicidas, se usaban “productos naturales”: derivados de plantas (ej. raíces de derris, flores de acónito y piretro, y mucho más), algunos compuestos químicos que se encontraban en estado natural: azufre, arsenitos y otros, y también métodos físicos como cavar zanjas para impedir el avance de plagas (Albert, 1990). No quiere decir “productos naturales” que estos fueran muy “amigables” con la vida, pero las escalas menores de uso no generaron mayores impactos, aunque impactos de pequeña escala también fueron señalados. Desde el siglo XVII se empezaron a usar compuestos más complejos como el jabón pero que seguían siendo “naturales”.

Desde mediados del siglo XIX hasta principio del siglo XX la industria de la química inorgánica se desarrolla y se introduce en la agricultura industrial en expansión –impulsada en primera instancia por la maquinaria– a través de los fertilizantes y los plaguicidas.

En la década de 1920 se comienza a desarrollar la química orgánica de síntesis, y una nueva generación de  plaguicidas derivados del petróleo y de compuestos naturales se comienza a usar desde los 40, en un constante recambio que continúa hoy en día. Los primeros grandes grupos químicos que se utilizaron como plaguicidas fueron utilizados primeramente con fines bélicos y sanitarios en la segunda guerra mundial y la post-guerra (Burger y Pose, 2012).

 

El término Revolución Verde surge en 1968 por parte de William Gaud (administrador de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional-USAID), para referirse al gran crecimiento de la producción de granos que ocurrió en varios países en vías de desarrollo desde mediados de los años ’60 (Sarandón y Flores, 2014). Este crecimiento fue producto, entre otras cosas, del desarrollo de variedades “genéticamente mejoradas” y de alto potencial teórico de rendimiento, que se difundieron rápidamente gracias al importante apoyo de los Centros Internacionales de Investigación Agrícola creados por las Fundaciones Ford y Rockefeller (Sarandón y Flores, 2014).

La premisa “científica” fue considerar que “el problema del hambre en algunas regiones del planeta, se debía a la baja productividad de los cultivos y ésta a la inadecuada elección de los cultivares (genotipos) que se utilizaban, ya que no soportaban altas dosis de fertilizante […]. Por lo tanto, según este diagnóstico, la solución era cambiar el genotipo o tipo de cultivares” (Sarandón y Flores, 2014: 14).

 

Durante todo el desarrollo de la agricultura industrial (maquinaria – homogeneización genética – plaguicidas – biotecnología), el funcionamiento del sistema compuesto por los agricultores, el suelo (compuestos orgánicos e inorgánicos) y todos los organismos vivos se comprendió y redujo de una manera simplista, lineal y totalitaria: el sistema debe adecuarse a los requerimientos del genotipo de la planta de alto potencial teórico, y para esto debe introducirse maquinaria y combustibles, fertilizantes, plaguicidas y riego (todo esto implícitamente siempre y cuando sea rentable, incluidos subsidios y proteccionismo).

La Revolución Verde fue parte de un impulso de globalización de la agricultura industrial de los países “desarrollados” hacia los no, significando “un cambio sustancial del paradigma agrícola imperante hasta el momento: la disponibilidad y el uso de numerosas variedades (ecotipos, razas locales) adaptadas a la variabilidad natural de los agroecosistemas, se sustituyó por algunas pocas variedades de alto potencial de rendimiento, las cuales brindaban una promesa teórica de alta productividad por unidad de área (rendimiento), en tanto y en cuanto el ambiente se adaptara a sus requerimientos. Es decir, necesitaban que se les suministraran las condiciones necesarias para expresar este potencial de rendimiento.” (Sarandón y Flores, 2014: 15).

Consecuencias ecológicas esperables y que ocurrieron con la introducción de este modelo productivo inestable e inadaptable a los ecosistemas que le precedían: un aumento en la concentración de huéspedes susceptibles (el cultivo) para una misma población de organismos plaga, un aumento en el tamaño de la población y la incidencia de insectos plaga, un aumento en la ocurrencia de epidemias debido al ataque de hongos, bacterias y virus fitopatógenos, y un aumento en la presencia de plantas no deseadas (malezas) (Burger y Pose, 2012).

Siendo costoso el control mecánico de enfermedades, plagas y malezas, la solución desarrollada para impedir con medidas rápidas que estas destruyesen los cultivos fue el control químico, o quimioterapia (Burger y Pose, 2012). La promoción de los plaguicidas por organismos internacionales, la adopción por organismo estatales, el bajo costo de estos productos, su fácil aplicación, el desconocimiento y la falta de conciencia acerca de su impacto facilitaron su difusión (Sarandón y Flores, 2014). Esto se vio acompañado de un modelo de investigación y transferencia de tecnología vertical y unidireccional.

A grandes rasgos, los titulares, y sin entrar en la complejidad de cada uno, después se verá alguna cosa en particular:

– la producción de alimentos a nivel mundial aumentó, de manera desigual, también se desplazó la producción de alimentos por producción de fibra o más adelante biocombustibles;

– la situación del hambre se mantiene, la del desperdicio de alimentos se agrava;

– aparecen (y se profundizan) graves problemas ecológicos, sociales y económicos de este modelo de agricultura.

 Ecología, agricultura y energía

Desde una concepción amplia y compleja de la agricultura, esta se concibe como un socio-agroecosistema, buscando entender las relaciones entre los componentes: los agricultores, el suelo (en sus características físico-químicas) y todos los organismos vivos interactuando de diversas formas, de forma potenciar una co-producción en cooperación. A su vez este no es un sistema cerrado, por lo que la agricultura se inserta e interactúa en la economía, en la sociedad y en el ambiente.

Desde este enfoque nace la agroecología como ciencia, técnica y movimiento social, sobre la cual nos detendremos con más detalle más adelante. El funcionamiento de los agroecosistemas actuales se basa en dos flujos energéticos: el natural, que corresponde a la energía solar, y un flujo «auxiliar», controlado directamente por el agricultor, que recurre a tecnologías, a su fuerza de trabajo y/o al uso de combustibles fundamentalmente fósiles, ya sea directamente o en forma indirecta, a través de los insumos industriales que emplea en el proceso productivo. El primer flujo es el propio o natural de funcionamiento del ecosistema, es una energía abundante, gratuita y “limpia”; el segundo flujo corresponde a energía «almacenada», sus existencias son finitas, es relativamente cara y, por lo general, no es limpia en el sentido que su uso da origen a fenómenos de contaminación y alteraciones mayores de los diversos ciclos ecológicos.

Un análisis de los flujos de energía y materiales en la agricultura industrial nos muestra que el incremento de maquinaria e insumos necesarios en este modelo (fertilizantes, plaguicidas, riego, tracción mecánica y combustibles) ha hecho que esta agricultura sea mucho menos eficiente que muchos otros tipos de agricultura tradicional que no son tenidos en cuenta, llegando a tener en muchos casos un balance energético negativo (balance entre la energía introducida en el sistema por la humanidad y energía que sale y es aprovechada por la misma).

 p2

             No vamos a entrar en detalles pero abstracciones análogas llevan a ver al conjunto de la economía desde el enfoque socioecológico:

 p3p4

Imágenes: Sistema económico capitalista (SEC) visto desde la Economía Ecológica. (Tomado de: Martínez González-Tablas y Álvarez Cantalapiedra, 2012)

 

¿Cómo actúan y qué impactos generan?

En la década de 1960 se comienza a estudiar los diferentes impactos de los plaguicidas en los ecosistemas y en el humano y se evidencian los perjuicios generados en estos.

Cuando un plaguicida es aplicado a un cultivo, solamente alcanza el organismo “blanco” aproximadamente el 1%, mientras que el 25 % es retenido en el follaje, el 30 % llega al suelo y el 44 % restante es exportado a la atmósfera y a los sistemas acuáticos por escorrentía y lixiviación (Brady y Weil, 1996). Posteriormente el compuesto puede ser transportado desde el suelo hacia el aire, agua o vegetación, pudiendo entrar en contacto – por inhalación o ingestión – con una amplia gama de organismos, incluyendo los seres humanos (Wesseling, 1997).

Entre los numerosos impactos que generan se encuentran:

Afectación a la salud humana:

– enfermedades agudas y crónicas en la población de aplicadores de plaguicidas

– cánceres

– abortos espontáneos

– malformaciones

– discapacidades

– alergias

– cefalea

– ardor ocular, conjuntivitis

– dolor y ardor orofaríngeo, ardor nasal

– ardor en los oídos

– dificultad respiratoria, broncoespasmo

– irritación cutánea

– diarrea, gastritis, vómitos

– efectos no bien caracterizados sobre la salud de la población en general

Problemas ecológicos y de contaminación:

– eliminación de enemigos naturales de plagas y enfermedades

– resistencia de las plagas y enfermedades a los plaguicidas,

– surgimiento de nuevas especies como plagas,

– eliminación de fauna útil (ciclo y disponibilidad de nutrientes, etc),

– deterioro de la calidad del suelo (microorganismos, microfauna, raíces, residuos animales y vegetales, humus),

– ingreso en las cadenas alimentarias y distribución a través de ellas,

– deterioro de la calidad del agua (cursos de agua y napas freáticas),

– contaminación de suelos, entre otros.

La querida FAO nos informa:

p5

 El uso indiscriminado de plaguicidas genera una dinámica circular perjudicial:

 p6

¿Cuál ha sido la evolución en el uso de plaguicidas en Uruguay?

En Uruguay las importaciones de productos fitosanitarios pasaron de ser en 1999 4.440 toneladas de principio activo, a 24.655 toneladas en 2014 (MGAP – DGSA / División Control de Insumos, 2014), es decir que en este período de 15 años la importación de estos productos se multiplicó aproximadamente por 5,5; y en un período de 9 años (2005-2014) las importaciones pasaron de tener un valor de cerca 50 millones de dólares a otro de 254 millones de dólares (MGAP – DGSA / División Control de Insumos, 2014).

Este gran aumento surge en estrecha “relación con las superficies cultivadas con cultivos de secano, soja y pradera artificial y cultivos de forraje, donde se aplican extensivamente estos compuestos” (Ríos et al, 2013: 2). La aplicación de plaguicidas, en menor pero igualmente preocupante medida, está presente en Uruguay desde hace décadas en todos los rubros de la agricultura (horticultura, fruticultura, arroz, etc) y silvicultura, y hoy en día es casi impensable una agricultura sin plaguicidas, siendo difundido este modelo por parte del estado, técnicos agropecuarios y agrónomos, industria química y organismos nacionales e internacionales, y contribuyendo al avance de la llamada “agricultura sin agricultores”, con extensas áreas de cultivos de soja transgénica para exportación a través de un oligopolio de transportistas mundiales, extensos cultivos forestales para producir rolos de madera y exportarlos a zonas francas, y grandes extensiones de monocultivos con destino a la producción de agrocombustibles.

 p7

Específicamente la producción de soja transgénica con resistencia al herbicida glifosato (que corresponde a más del 50% de la importación de herbicidas) ilustra la implementación del modelo productivo asociado a grandes capitales y al uso (tenencia y arrendamiento) de la tierra. La dinámica de la propiedad de la tierra dedicada a la forestación es aún peor, y los desastres de las políticas impulsadas con el objetivo de producir cultivos para agrocombustibles se están viendo ya hace un buen tiempo.

p8p9

¿Qué consecuencias en Uruguay?

– numerosos casos de poblaciones rurales y escuelas rurales con afecciones a la salud por aplicación de plaguicidas en las cercanías;

– presencia de Contaminantes Orgánico Persistentes en la leche materna (Medina et al, 2013);

– presencia de plaguicidas en alimentos (Bruno, 2004);

– presencia del herbicida atrazina en reservas de agua potable (Manta y colaboradores, 2013);

– presencia de herbicidas en agua y sedimento donde no se aplican (Nardo, 2011; Cantou y colaboradores, 2009; Hill y Clérichi, 2008; Eguren y colaboradores, 2008);

– presencia de insecticidas en peces del Río Uruguay (Colombo y colaboradores, 2011; Leites y colaboradores, 2009; Ríos y colaboradores, 2010);

– presencia de insecticidas en producción apícola en investigaciones donde se han utilizado apiarios como indicadores de calidad ambiental (Ríos y colaboradores, 2010; Carrasco- Letelier y colaboradores, 2009).

Imaginar consecuencias no documentadas. En cuanto a los impactos a la salud de la población en general, en “el caso de Uruguay no existe suficiente información como para dar un seguimiento a estos vínculos. El Departamento de Toxicología (Facultad de Medicina) ha realizado un trabajo de seguimiento de intoxicaciones e incluso lo ha clasificado por departamentos (Taran y colaboradores, 2013). Dicho trabajo se relaciona con intoxicaciones y por ende no considera afectaciones por exposiciones en pequeñas dosis por periodos prolongados” (Ríos et al, 2013: 7).

 ¿Qué medidas se han tomado?

– Programa Nacional de Residuos Biológicos del MGAP: analiza residuos de plaguicidas en productos de origen animal (carne, leche, miel y pescado) para exportación, y la DGSA analiza en frutas y vegetales para exportación.

– Fortalecimiento de redes de laboratorios preparados para el análisis de residuos de plaguicidas en el ambiente y alimentos (OSE, DGSA, LATU, IDM – Laboratorio Bromatológico, DINAMA, entre otros) pero los análisis aún son insuficientes y no son sistemáticos; enfatizando también en los análisis de alimentos para exportación y no los de consumo interno de Uruguay a excepción de los que realiza la IDM (Ríos et al, 2013).

– Talleres a agricultores y población en general sobre el uso de pesticidas realizados por parte de diversas instituciones (Burger y Pose, 2012).

– Investigaciones desde las ciencias sociales (CEUTA, 2006),

– Elaboración de normativas, procesos judiciales, denuncias a organismos públicos y resoluciones (DGSSAA, MSP, DINAMA, INDDHH), e instancias de intercambio entre el Estado y la sociedad civil.

– Proyecto en etapa de iniciación: “Fortalecimiento de las capacidades de gestión de plaguicidas”, dirigido por DINAMA, DGSA, FAO y MSP.

– Plan Nacional de Vigilancia de Residuos de Plaguicidas desde el 2012, con participantes varios: MGAP, MSP, INIA, FAGRO, FQ, IMM, Comisión Administradora del Mercado Modelo, LATU, OSE, CAMAGRO, CAMAFFI, Asociación de Industrias Químicas del Uruguay).

 

¿Y quienes más?

En cuanto a organizaciones empresariales difusoras y defensoras de este modelo se destacan en Uruguay la Cámara de Comercio de Productos Agroquímicos (CAMAGRO – http://camagro.org/) y la Cámara Nacional de fertilizantes y Fitosanitarios (CANAFFI – http://www.canaffi.org/).

CAMAGRO:

“La Cámara de Comercio de Productos Agroquímicos del Uruguay (CAMAGRO), constituida en 1956 y fundada el 29 de diciembre de 1993, es una institución que nuclea empresas dedicadas a la fabricación, formulación, importación y/o comercialización de productos fitosanitarios.” “A su vez, CAMAGRO pertenece a la Cámara Nacional de Comercio y Servicios del Uruguay (CNCS) desde el año 1956, a la Cámara Mercantil de Productos del País (CMPP) a partir del 2014 y a Oleaginosos Uruguay desde el 014.”

Socios de CAMAGRO: MONSANTO; BAYER CROP SCIENCE; SYNGENTA URUGUAY S.A.; BASF – The Chemical Company URUGUAY; SEMILLAS BELTRAME; PEDRO MACCIO Y CIA; SOLARIS; SAUDU; LANAFIL; RUTILAN S.A.; ASP Uruguay; AGROMIL Limitada; MAGRIC-MILLACAR; AGROTERRA S.A.; MAISOR; AGROSAN S.A..

“CAMAGRO se encuentra asociada a CropLife Latin America que es una organización sin ánimo de lucro, integrada por ocho compañías y una red de 22 asociaciones en dieciocho países de America Latina.”

Socios de CropLife Latin America: Bayer Crop Science; Monsanto; Syngenta; BASF; Arysta Life Science; Dupont; Dow Agrosciences; FMC; Sumimoto Chemicals (http://www.croplifela.org/es/).

*Discúlpeme por la desprolijidad en cuanto a varias citas, datos pueden ser revisado en la red, la bibliografía viene en la segunda parte.

Autor: Guy Debord

situacionista y letrista

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s