Pasado y futuro de la agroindustria y la agroecología. Parte II. De la que se viene.

En la Parte I se habló de los plaguicidas y se abordó la historia y definición de la agricultura industrial y como esta se caracteriza desde un punto de vista energético y ecológico. Seguidamente se vió como actúan y que impactos generan los plaguicidas, la evolución y las consecuencias de su uso en Uruguay y que medidas se han tomado al respecto. En la parte II se habla del contexto mundial y futuro del sistema que hace a la agricultura industrial hoy en día, presentando al final la alternativa agroecológica .

Energéticos y agricultura

De acuerdo a los datos presentados en junio de 2011 en el Reporte Mundial de la Energía (BP, 2011) el petróleo continúa siendo la principal fuente de energía primaria en el mundo representando el 34% del consumo energético. Le siguen el carbón (30%), el gas natural (24%), la hidroelectricidad (6%), la energía nuclear (5%) y las fuentes renovables distintas de la biomasa (1%), (en estas estadísticas no se incluyen la leña y otras formas de biomasa que alcanzan el 10% de la oferta energética global y son muy importantes en varios países y en las economías informales).

Sobre la principal fuente de energía primaria, se estima que la extracción de ya llegó al llamado “pico de petróleo”: momento en el que la producción diaria de crudo convencional alcanzó su máximo posible y solo puede esperarse un declive. También se sabe que al carbón y al gas natural les ocurrirá lo mismo de aquí a mitad de siglo. Las reservas conocidas de petróleo alcanzan en la actualidad 1,4 billones (1012) de barriles, con el consumo actual y suponiendo que todo el petróleo se pudiera extraer, esto alcanzaría para cubrir la demanda durante aproximadamente 50 años. Pero ni los yacimientos pueden ser explotados al 100% por razones técnicas, ni el ritmo de extracción puede mantenerse.

Las implicancias de la escasez o carestía del petróleo son enormes. La alta densidad energética (ver baja entropía, alta TRE) y la ductilidad de este combustible han determinado unas formas de producción y de consumo que son “imposibles” de sustituir a partir de las otras fuentes conocidas. Algunos usos como la generación de electricidad o de calor pueden encontrar sustitutos relativamente facil (energía eólica, solar, biomasas, etc) pero gran parte de los procesos económicos tendrán mayores dificultades.

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En sectores como el transporte o la agricultura, la escasez de petróleo no va a ser fácilmente sustituible. En particular, el caso de la cadena alimentaria ha sido señalada como uno de los sectores más vulnerables (Froggatt y Glada, 2010; FAO, 2011; UNEP, 2012). El aumento de los precios de petróleo debido a la escasez, tendrá consecuencias para la producción agrícola por el incremento de los fertilizantes y pesticidas así como el combustible para la maquinaria, los sistemas de alimentación también tendrán cambios estructurales de diferentes formas.

La creciente dependencia de la producción agrícola hacia estos insumos hace aún más vulnerable al sector que en el pasado, los alimentos forman parte de una cadena de transporte y distribución cada vez más larga. La FAO estima, por ejemplo, que la dieta diaria de un estadounidense medio viaja, en promedio, 8.000 kilómetros antes de llegar a su mesa. ¿Qué porcentaje de alimentos consumidos en Uruguay son producidos acá mismo? El reporte de Froggatt y Glada, preparado para la aseguradora Lloyd’s de Londres, prevé una posible crisis de abastecimiento de petróleo en el corto plazo que pondría en serio riesgo a la cadena de transporte y distribución de alimentos.

Las inversiones energéticas son de largos períodos de retorno (40 ó 50 años) y condicionan toda la infraestructura en varios sectores (transporte, industria, electricidad, etc.) por muchos años. Por lo tanto es aconsejable que los países analicen si es conveniente ampliar las inversiones en el negocio del combustible fósil o opten por buscar la forma de no crecer indefinidamente en energía necesaria, usar la energía química de la fotosíntesis de la mejor manera y prepararse con tecnologías que pueda disponer la energía necesaria a largo plazo, con el objetivo evidente de decrecer o conseguir una estabilidad energética sustentable.

Las proyecciones habitualmente aceptadas, como las de la AIE o del Departamento de Energía de los Estados Unidos (DOE/EIA, 2010), señalan un aumento global de la demanda de energía cercano al 50% en los próximos 20 años. Entretanto, los gobiernos de la región latinoamericana actúan bajo la premisa casi axiomática de la inevitabilidad (cuando no, la deseabilidad) del aumento del consumo energético. Todos los países se preparan para extraer más petróleo y gas, generar más electricidad, producir más biocombustibles, y estimulan modalidades de consumo que profundizan el crecimiento de la demanda.

En consecuencia la región latinoamericana se enfrenta a un desafío de difícil resolución. Casi la mitad de su abastecimiento energético depende del petróleo y las proyecciones indican que aumentará la demanda. Pero esta es una fuente de energía que será cada vez más escasa, más costosa, con mayores impactos ambientales, y aun suponiendo que se pudiera acceder a ella no podría utilizarse a riesgo de convertir al planeta en un páramo inhabitable, cosa que vista la dinámica global humana y capitalista seguramente ocurra.

Los países que son importadores netos de petróleo o sus derivados podrán sufrir problemas de abastecimiento y aumento de los costos del crudo. Los países exportadores se encontrarán en la disyuntiva entre aumentar sus ingresos por la venta de un petróleo más caro, mantener sus reservas para uso propio o utilizarlo como arma de negociación en el terreno geopolítico. En cualquier caso estos países deberán soportar la presión internacional de gobiernos y empresas ávidos de combustibles.

En el mediano plazo, debido a la suba de precios y la escasez de petróleo, y sumado a la presión por la amenaza y consecuencias del cambio climático (y excusa), es probable que induzcan el desarrollo de otras fuentes energéticas (sobre todo renovables), así como tecnologías y usos menos intensivos en combustibles fósiles. Al decir de Ahmed Zaki Yamani (ex-Ministro de Petróleo Saudi y ex-Secretario General de la OPEP) “la Edad de Piedra llegó a su fin no por la falta de piedras, y la edad del petróleo terminará pero no por la falta de petróleo”, (aunque sí por la falta, pero por una tecnología que la remplaza, que seguramente se venda).

 No-energéticos y agricultura

 Se suma a este panorama otro de compartida dinámica de escasez y despilfarro de recursos y sumideros. En la larga lista de recursos finitos que se utilizan a escala planetaria, uno clave para la agricultura industrial es el fósforo. Esta depende de los fertilizantes derivados de minerales inorgánicos, sin los cuales no pueden mantener los rendimientos, sobre todo en los suelos más pobres en nutrientes como los tropicales y los sobreexplotados. El fósforo es un elemento químico esencial en la Tierra, fundamental para el desarrollo de todos los seres vivos, pero es escaso y por ahora no se puede sintetizar artificialmente. Durante toda la historia de la humanidad, y todavía a pequeña escala hoy, se ha obtenido de los residuos agrícolas y del estiércol, en un ciclo de flujos relativamente estable. Pero, a principios del siglo XX, las nuevas maneras de extraer el fósforo mediante la explotación minera se sumó al proceso de desarrollo de la fertilización de la agricultura moderna.

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Por lo tanto, este recurso también resulta clave para mantener el actual sistema de producción de alimentos (Loudheed, 2011). Según la Iniciativa Mundial de Investigación del Fósforo, “todos los sistemas agrícolas modernos dependen de entradas continuas de fertilizantes fosfatados derivados de roca fosfórica”, un elemento no reemplazable, cuyas reservas, al ritmo actual de explotación, podrían agotarse en este siglo. A menos que se haga algo, la escasez de fósforo puede causar problemas de dimensiones mundiales. Para 2033, se calcula que la demanda de fósforo superará la oferta. La disminución de la producción provocará una presión al alza sobre los precios de los alimentos y aumentarán las tensiones internacionales.

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 La industria de los fertilizantes consume cerca del 90% de la producción mundial de rocas fosfóricas, y el 10% restante se utiliza en la fabricación de alimentos para animales, detergentes y productos químicos. Hay que tener presente que el despilfarro de fósforo acarrea consecuencias negativas: el uso excesivo de fertilizantes provoca la eutrofización, como tenemos el agua hoy en día.

Y en segundo lugar, sólo unos cuantos países controlan las reservas de fosfatos restantes, lo que hace que cualquier país que dependa de las importaciones sea vulnerable a la volatilidad de los precios y de la disponibilidad. Una estimación del Estudio Geológico de Estados Unidos (en inglés, USGS) realizado en 2010 identificó plenamente que el 93% de las reservas mundiales de fosfato se encuentra en sólo seis países: Marruecos, China, Argelia, Siria, Sudáfrica y Jordania, y más de 83% del total se halla exclusivamente en Marruecos.

Cambio climático, 6º extinción masiva y agricultura.

Actualmente la agricultura industrial es la principal causa de degradación de suelos y ecosistemas, y de emisión de gases con efecto invernadero (entre un 30 y un 50% del total emitido). El uso creciente de fertilizantes sintéticos y agrotóxicos, la maquinaria pesada que se requiere para laborar las extensiones de monocultivos, junto con la deforestación y el alto consumo energético del sistema de distribución y comercio de alimentos a gran escala (refrigeración, residuos y transporte), son responsables de cerca de la mitad de las emisiones.

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Desde un ética totalmente antropocéntrica, cuando discutimos sobre el cambio climático y la crisis ecológica nos estamos refiriendo a la degradación de las condiciones de habitabilidad del planeta para la especie humana (y para gran porcentaje de la biodiversidad) y a las consecuencias sociales y sobre el bienestar de la especie que esto generará, al aumento y a los cambios en la temperatura local y globalmente, al aumento de los fenómenos climáticos extremos, a la elevación del nivel del mar, a los cambios en la frecuencia e intensidad de las precipitaciones, al derretimiento de icebergs, glaciares y permafrost (ver CH4), etc.

            Al mismo tiempo que la agricultura industrial (entre otras actividades) contribuye al Cambio Climático, implica degradaciones directas de los ecosistemas y una disminución de la biodiversidad, que se verá acentuada en el contexto del Cambio Climático. Hace más de una década, en el año 2004, se alertó de que la Tierra estaba viviendo la sexta gran extinción masiva de su historia, la primera causada por una de las especies que la habita. Entonces se advertía de que nuestras actividades hacen que, cada año, desaparezcan miles de especies de nuestro planeta, desde pequeños microorganismos a enormes mamíferos, sin que de muchos de ellos hayamos sabido siquiera de su existencia. También se señalaba que el nivel de extinción alcanzado es entre 1.000 y 10.000 veces más rápido que el de los últimos 60 millones de años, durante los cuales el crecimiento de las nuevas especies ha sido más rápido que la desaparición de otras formas de vida, proceso que se ha invertido. Otros informes señalaron que agregando la variable del cambio climático, el 15% de las especies animales y el 37% de las especies de plantas podrían desaparecer para el 2050, y que cerca del 50% de las especies está en vías de desaparición.

Tecno-ilusiones distópicas

Vaya uno a imaginarse con este panorama si va a ser posible cultivar algo en el 2050 o 60, o si el desarrollo de la tecno-ciencia nos traerá “alimentos” sintéticos, pieles sintéticas o pulmones sintéticos. Sin embargo, los mercados se preparan e invierten en las” Tecnologías de Emisiones Negativas”, una herramienta fundamental para mantener su hegemonía. Entre estas hay una particularmente destacada: la BECCS, el uso masivo de biomasa como fuente de energía. Es el sector energético menos costoso, porque no requiere grandes cambios sistémicos y es adecuado para la producción de energía eléctrica, biogás y petróleo. El IPCC cita estudios que sugieren 3 gigatoneladas al año como una cantidad “realista” de carbono que la BECCS podría eliminar de la atmósfera en 2050, a un precio aceptable, y que, por lo tanto, es una tecnología potencialmente económica.

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Los riesgos son considerables. Un artículo reciente (Tanuro, 2016) señala algunas de las consecuencias de la competición entre los cultivos energéticos y los de alimento: emplear BECSS para eliminar 3 gigatonenadas de carbono al año de la atmósfera requeriría establecer plantaciones industriales que cubrieran entre un 25 y un 46 % de la tierra arable y cultivable. Riesgos para comunidades rurales y pueblos indígenas, que afrontan nuevas presiones para apropiarse de sus tierras. Riesgos para los asalariados y los pobres, porque la competición entre los cultivos energéticos y los cultivos de alimento harán subir los precios de estos últimos. Riesgos para la biodiversidad, que continuaría disminuyendo con estos proyectos de bioenergía. Riesgos para las mujeres, situadas en los frentes de batalla de tantos conflictos socio-ecológicos y rurales, y que al mismo tiempo producen cerca del 80% de la producción mundial de alimentos.

 Algo que también podemos pensar, más allá del susto, es en qué están pensando los seres humanos una vez que saben estas cosas y, en especial los que se ocupan de la política y la politiquería, cuando se sabe que no hay chances de que en el 2050 o 60 el sistema tecnológico al cual estamos muy acostumbrados siga en pie. En Uruguay se busca petróleo y se piensa que va a pegar el gran salto al desarrollo sin ponerse a pensar que el petróleo es un combustible del pasado y toda la tecnología que de este deriva será obsoleta en poco tiempo, sin embargo allá va por el pozo más profundo del mundo (a riesgo seguro de accidentes y desastres ecológicos inmensos); que el desarrollo del sistema capitalista mundial no tiene lugar para el “bienestar de todas las naciones” (nunca lo tuvo), por ende si uno progresa hacia ese bienestar del desarrollo debe saber que su progreso necesita siempre de la explotación sobre otros; y por último que las condiciones biofísicas del planeta están jodidas y que la única forma de adaptarse a estas es por medio de una recomposición mutua entre lazos sociales y ecológicos locales y regionales.

Alternativas y agroecología

Honty plantea que el slogan de las alternativas al desarrollo debería ser “cero pobreza, cero extinciones”. En este sentido, unas de las prioridades principales de las transiciones será asegurar que todas las personas que se encuentran en condiciones de pobreza puedan salir de esa situación. Pero de la misma manera es necesario actuar contra un uso exagerado y despilfarrador de los recursos naturales, en tanto ese sobreconsumo desencadena las crisis sociales y ecológicas. Este tipo de consumo se posibilita y legitima con la desigualdad e inequidad en las relaciones de producción, pero como medida de transición aplicada al consumo, obliga a establecer algunos “umbrales de la opulencia” que no deberían ser superados. Es de esperar una mejor (y probablemente mayor) apropiación de recursos naturales y de energía por una parte de la sociedad (los de abajo), y por el otro la prohibición del sobreconsumo de unos (los de arriba) ya que es la contracara del subconsumo de los otros.

En el campo de la agricultura un camino posible para enfrentar y revertir el cambio climático es la agricultura campesina/familiar de base agroecológica, que preserva la biodiversidad, produce alimentos, preserva y produce agua y suelo de calidad, produce cultura, habita y defiende los territorios y genera muchos puestos de trabajo. Está basada en el trabajo familiar y colectivo, a partir de una base de recursos bajo control campesino (tierra, agua, energía y biodiversidad), es realizada en una relación fuerte con la naturaleza (co-producción), busca incesantemente una autonomía relativa en el proceso de producción y coloca el foco en las necesidades del colectivo (mejora de la condiciones de vida y disminución del trabajo pesado), del funcionamiento de los ecosistemas, del predio y de la economía local y regional.

La agroecología entiende al agroecosistema como un sistema complejo y estudia y propone diferentes prácticas y cultivos de forma de potenciar las funciones ecológicas del predio y la productividad de los cultivos, llegando a ser más productiva que la agricultura industrial (y no destructiva). Así mismo potencia las formas colectivas de acción social y la participación. Por tanto, la agroecología es, simultáneamente, un enfoque científico para el análisis y evaluación de los agroecosistemas y el sistema alimentario y una propuesta para la praxis técnico-productiva y sociopolítica en torno al manejo ecológico de los recursos naturales.

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Según Cabell y Oelofse (2012) las propiedades de los socio-agroecosistemas agroecológicos son:

– comunidades socialmente auto-organizadas, formando redes basadas en necesidades y aspiraciones colectivas,

– alto nivel de cooperación e intercambio entre miembros de la comunidad,

– personas reflexivas y que anticipan cambios,

– comunidades que mantienen elementos claves del conocimiento tradicional,

– grupos que constantemente construyen vínculos de solidaridad y movilizan recursos a través de redes sociales,

– procesos de producción ecológicamente autorregulados,

– alta conectividad entre los componentes bióticos y abióticos,

– alta diversidad funcional y de respuesta,

– alta redundancia,

– alta heterogeneidad espacial y temporal a nivel de predio y paisaje,

– alta autonomía de control exógeno.

Conclusiones

En términos generales, la agricultura es protagonista de varias dicotomías (en el discurso y en la práctica) y desajustes estructurales del propio sistema capitalista. Así, por ejemplo, podemos comenzar con la primera y básica: la función de la agricultura. Para algunos la agricultura tiene como función principal la de garantizar la alimentación sana, equilibrada y culturalmente apropiada de todas las personas del mundo, y por tanto, de cumplir con la soberanía alimentaria. Para otros, la agricultura contribuye como un sector industrial más al crecimiento económico de un país. Los primeros defenderán la agricultura campesina y familiar agroecológica como modelo agrícola y alimentario, los segundos la agricultura industrial. A partir de ahí se pueden plantear diversas propuestas políticas de desarrollo rural, agrario y alimentario. Para abordar las problemáticas de la agricultura y el sistema alimentario, unos dirán que hacen falta cambios socio-políticos de hondo calado para que esta pueda contribuir a un desarrollo sustentable de la humanidad. Otros argumentarán que la ciencia y la tecnología son la fuente capaz de eliminar dichos problemas consustanciales a la propia agricultura (olvidan aclarar que se habla de esa agricultura  que fue creada por esa ciencia y tecnología).

Existe la posibilidad de un camino basado en la visión de un sistema energético en su conjunto, incluyendo no sólo la producción de calor, luz y movimiento a través de la tecnología, sino también la conversión de la energía lumínica en energía química a través de las plantas (de la agricultura en un sentido amplio) y del consumo humano de esa energía.

Si no queremos resignarnos a soluciones salvajes y a continuar en esta barbarie, el sistema del que dependen nueve millones de seres humanos puede lograr un equilibrio a través de un cambio fundamental en el modo de producción, consumo y transporte. Un cambio comprehensivo que involucre todas las áreas de la actividad humana. Un cambio en el que la agricultura ecológica y una silvicultura verdaderamente sostenible jueguen un papel estratégico, porque son los únicos proyectos aceptables de ingeniería climática: naturales, libres de riesgos y democráticamente controlados. Un cambio social en el que la cosmogonía de los pueblos indígenas es una preciosa arma frente a la ideología productivista. Un cambio revolucionario en el que la clase obrera, pese a todas las dificultades, tiene que jugar un papel fundamental por su lugar en la economía.

Los movimientos sociales tienen que sacar las conclusiones necesarias. Un camino socialmente justo para salvarse de las catástrofes sociales y ecológicas que hoy vivimos y que seguirán profundizándose sin un cambio radical, necesita la convergencia de las luchas de todos los pueblos oprimidos y explotados. Debemos detenernos, reunirnos y organizarnos para planificar una acción colectiva que cambie el equilibrio de poder. Hay muchos desarrollos teóricos y prácticos de diferentes mecanismos de organización, acción y transición hacia una sociedad con equidad y mayor libertad.

Referencias de Parte I y II

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