Frente a la ahistoricidad de la economía neoclásica, un analísis histórico de uno de sus supuestos fundamentales. La racionalidad económica y la búsqueda del interés personal.

smith

La “racionalidad” de los agentes económicos, entendida como la búsqueda del maximo beneficio posible en todo momento y ante cada situación, haciendo un uso perfecto de la información, con una determinada restricción presupuestaria, es uno de los supuestos clave del análisis microeconómico neoclásico, pero también es uno de los supuestos que generan más dudas y cuestionamientos. El hecho de que los agentes sean racionales a la hora de tomar sus decisiones, implica que los individuos tienden a maximizar su utilidad y a reducir sus costos o sus riesgos, procesando adecuadamente la información que conocen. De esta forma los consumidores por ejemplo, tratarán de lograr la mayor utilidad posible con el  ingreso que perciben; mientras que las empresas  buscarán maximizar sus utilidades.

Esta teoría de la elección racional, que supone un individuo guiado únicamente por su propio interés, el “homo economicus”, ha sido puesta en cuestionamiento por  muchos autores, desde muy variadas corrientes del pensamiento. Por ejemplo Amartya Sen, quien no se aparta en sus trabajos del marco analítico de la economía neoclásica, en  “Los tontos racionales”, pone en cuestión la eficacia de este supuesto para explicar la totalidad de los comportamientos de los individuos, reconociendo que no son capaces de explicar los comportamientos cooperativos o altruistas. De esta forma manteniendo los supuestos neoclásicos, pero introduciendo modificaciones sobre el plano de las preferencias, reconoce que en las interacciones sociales existen conductas que son guiadas por el compromiso o por el altruismo, las cuales no pueden ser explicadas por la teoría de la elección racional y hacen necesaria la elaboración de una estructura más compleja, que sea capaz de abarcar las distintas conductas de los individuos.

Para Amartya Sen (1976)

La teoría tradicional tiene muy escasa estructura, se asigna un ordenamiento de preferencias  a una persona, y cuando es necesario se supone que este ordenamiento refleja  sus intereses, representa su bienestar, resume su idea de lo que debiera hacerse y describe sus elecciones y su comportamiento efectivo (…) Una persona así descrita puede ser “racional” en el sentido limitado de que no revele inconsistencias en su comportamiento de elección , pero si no puede utilizar estas distinciones entre conceptos muy diferentes, diremos que es un tonto. En efecto el hombre puramente económico es casi un retrasado mental desde el punto de vista social (p 202)[1]

Otras críticas como las de  Herbert Simon, se centran en el hecho de que el homo-economicus es  un actor con demasiada comprensión económica a la hora de tomar decisiones, lo cual no coincide con lo que se observa empíricamente. En la práctica los agentes económicos tienen que enfrentarse a la incertidumbre y manejan información limitada, ya que sería imposible para un individuo estar plenamente informado de todas las circunstancias que afectan a sus decisiones.

La racionalidad maximizadora de beneficios del homo –economicus también ha sido criticada desde muchas otras corrientes económicas, podemos encontrar otros planteos con un espectro muy variado de enfoques, pasando desde la economía institucional, hasta por las teorías bioeconómicas de Nicholas Georgescu Roegen[2] o Herman Daly.

Sostiene Oscar Carpintero (2005)

Cabe dudar de la racionalidad económica convencional —basada en la maximización del beneficio empresarial o del bienestar individual a corto plazo— como una guía razonable para la gestión y asignación de los recursos naturales a largo plazo. Y es que la aparición en escena de la incertidumbre en el futuro y la utilización de la prudencia que «minimiza los remordimientos o arrepentimientos futuros», abonan la propuesta del economista rumano a favor de la conservación. (p 55)[3]

Este concepto de racionalidad económica no nace con los enfoques de la economía marginalista que conocemos, sino que su origen data de más allá en el tiempo. Hirschman en”Las pasiones y los intereses” nos presenta el surgimiento de las raíces de este concepto y  de las bases teóricas que sostuvieron el nacimiento de la economía capitalista, brindando un panorama de la importante transformación ideológica que se produjo para que a la búsqueda del interés material,  tan duramente condenada durante largo tiempo, se le otorgara la función de contener las pasiones destructivas del hombre. Asimismo vemos como se ven reflejadas estas ideas en la obra de uno de los teóricos más influyentes de la economía clásica como Adam Smith.

Hirschman entonces nos muestra, como para los pensadores de la Época Moderna el “interés personal” o “interés egoísta” era un buen contrapeso de otras pasiones que gobernaban la conducta humana.  A la búsqueda de los intereses materiales, que hasta entonces eran motivo de condenación por el cristianismo, al punto de considerar como pecado mortal a la avaricia, se le asignó la función de contener las pasiones rebeldes y destructivas del hombre.

Es durante el renacimiento que surge la convicción de que la filosofía moralizante y los preceptos religiosos no eran la manera más adecuada de frenar de las pasiones destructoras de los hombres. En este clima de transición, desde los viejos ideales éticos aristocráticos europeos cargados con una fuerte impronta religiosa, hacia la aparición de las nuevas expresiones intelectuales que emergen con el ascenso de la burguesía y la expansión del comercio, es que comienza a surgir la inquietud intelectual de concebir al hombre “como realmente es”. Esto llevó en el plano de la teoría política al planteamiento de nuevas teorías acerca del estado, para lograr  un mejor funcionamiento de éste dentro de las condiciones existentes.

Por ejemplo como describe Hirschman (1977)

Hubo quienes como La Rouchefoucauld, escudriñaron sus escondrijos y proclamaron sus “descubrimientos salvajes” con tanta animación que la disección parece en gran medida un fin en sí misma. Pero en general tuvo por objeto el descubrimiento de formas más eficaces de modelación del patrón de las acciones humanas por comparación con la exhortación moralista o la amenaza de condenación. (p 23)[4

En la misma línea Maquiavelo plantea la necesidad de diferenciar la realidad de la utopía. De esta manera plantea la importancia de distinguir entre la verdad efectiva de las cosas y las repúblicas y monarquías imaginarias que nunca han existido, para lo cual era necesario definir una nueva concepción de la naturaleza humana.

A partir de esta búsqueda de nuevas formas de comprender la naturaleza humana se consolidarían principalmente tres vías argumentativas que vendrían a llenar ese vacío religioso. En primer lugar, si para poder reprimir y domesticar las pasiones destructivas no alcanza con la filosofía moralizante ni con la religión, la coerción estatal aparecía como la alternativa más evidente. Esta es la propuesta de Hobbes, pero esta postura tenía una debilidad que era la dificultad para que el soberano no sucumba a las pasiones humanas.

Reflexiona Hirschman (1977)

¿Qué ocurre si el soberano no cumple su tarea adecuadamente por su exceso de tolerancia, de crueldad, o por alguna otra incapacidad? Una vez planteado este interrogante la perspectiva del establecimiento de un soberano o una autoridad debidamente represivos parece tan probable como la perspectiva de que los hombres refrenen sus pasiones gracias a las exhortaciones de filósofos moralizantes o eclesiásticos. (p 24) [5]

Una segunda solución para hacer frente a las pasiones humanas, era la de sacar provecho de estas pasiones a través de un contrato social que sirviera para transformarlas en algo constructivo. Los principales exponentes de esta idea de poner a trabajar las pasiones de los hombres en función del bienestar general  fueron Vico y Mandeville, quien a través de su conocida “fábula de las abejas” sostenía que los vicios privados podían ser puestos en favor de la prosperidad pública, ya que pasiones tales como la avaricia y la codicia podían ser transformadas por un político diestro en virtudes públicas. Esta idea del control de las pasiones fue posteriormente continuada por Smith en la riqueza de las naciones, quien pudo ““dar un paso gigantesco hacia la conversión de la proposición en algo aceptable y convincente: suavizó la paradoja escandalizante de Mandeville, empleando en lugar de pasión y vicio, términos moderados tales como ventaja o interés”” [6]

Finalmente la tercera línea argumentativa de relevancia sería la de la compensación de las pasiones, con Spinoza, Hume y Bacon como principales exponentes. Tanto la solución represiva como la solución del control no resultaban compatibles con el clima intelectual de la época, ya sea por depender del supuesto de que el soberano no incurriría en las pasiones humanas destructivas, como se daba en el caso de la primera, o por el carácter alquímico transmutador de la segunda. La idea de fondo fundamental de esta postura, si bien existían algunas diferencias de enfoque entre sus principales exponentes, era la de que sólo puede lucharse contra las pasiones a través de las propias pasiones. Mientras que por un lado Spinoza no tenía entre sus principales preocupaciones la aplicación de  esta idea al plano de la acción política, Hume si tenía este objetivo, al cual refleja en su libro “El tratado de la evolución humana”, en el que al hacer referencia a la avidez por la adquisición de bienes y posesiones, la considera ““una pasión potencialmente tan destructiva y a la vez tan singularmente poderosa que la única manera de controlarla consiste en oponerla a sí misma””[7]

Esta idea de alcanzar el progreso social mediante la compensación de una pasión a través de otra, se extendió con relativa facilidad por el campo intelectual europeo durante el siglo XVIII, llegando incluso a traspasar fronteras y captar el interés de los fundadores de Estados Unidos. Además pasó rápidamente de considerar problemas propios de la conducta individual, a tratar asuntos relacionados con la teoría política y con el estado. Un ejemplo al respecto es el destacado papel que tuvo, como herramienta intelectual fundamental en la elaboración de la constitución de los Estados Unidos, donde sirvió como base teórica para justificar cuestiones tales como la reelección del presidente, además de sentar los cimientos intelectuales del principio de  la división de poderes, el cual se argumentaba mediante la  afirmación de que “la ambición debe ser contrarrestada  con la ambición”.

Una vez consolidada la aceptación del principio de las pasiones compensatorias, un asunto que quedaba por ser resuelto era el de facilitar la operacionalización de este principio, para lo cual era elemental poder determinar con un carácter general y permanente cuales son aquellas pasiones que cumplen la función de domesticadoras y cuales son las pasiones salvajes que deben ser controladas. Logrando esta sistematización sería posible alcanzar un funcionamiento de la estrategia de la compensación, de forma que fuese continua en el tiempo.

Esto lo describe muy bien Hirschman (1977)

Tal formulación surgió en efecto y asumió la forma de una oposición de los intereses de los hombres a sus pasiones y de un contraste entre los efectos favorables que se obtienen cuando los hombres se guían por sus intereses y la situación desastrosa que prevalece cuando los hombres dan rienda suelta a sus pasiones.”[8] (p 39)

Si bien con el correr del tiempo y por diversos motivos el concepto de interés quedó ligado a su implicación más puramente económica, en un primer momento era usado con un significado mucho más amplio. Es probable que la asociación precedente que existía entre el término interés y el préstamo de dinero, sumada a un contexto histórico signado por un acelerado crecimiento económico sin precedentes, que posibilitaba el aumento de la fortuna para un número mucho mayor de personas, hayan determinado que el término quedara atado a las actividades de naturaleza económica de los individuos. Es por este rumbo que tomara definitivamente el término intereses, que la oposición entre los intereses y las pasiones pudo ser interpretada de una manera diferente, de forma que “”un conjunto de pasiones conocidas hasta ahora como codicia, avaricia, o amor por el lucro, podía utilizarse convenientemente para enfrentar y frenar a otras pasiones tales como la ambición, el ansia de poder, o el deseo sexual ““[9]

La avaricia era considerada desde los tiempos de la baja edad media como “la mas infame de todas las pasiones” y “el mas mortal de los pecados capitales”, pero una vez que el afán por hacer dinero tomó la forma de perseguir los intereses propios, “se reincorporó bajo este disfraz a la competencia con las demás pasiones, fue súbitamente aclamada e incluso se le asignó el papel de refrenar a aquellas otras pasiones que durante tanto tiempo se pensó eran mucho menos reprobables””[10].

Smith, en su teoría de los sentimientos morales presenta un sólido marco conceptual que sirve para justificar la postura de la compensación de las pasiones y despejar las dudas que pudieran surgir acerca de la persecución del interés propio como vía para alcanzar el bienestar social. Con la introducción del concepto de simpatía, aparece en escena un contrapeso de gran fuerza para las pasiones egoístas “propias de la naturaleza humana”. Del egoísmo visto como  la avaricia destructiva que perjudica a los demás, pasamos a un egoísmo diferente, basado en el afán por conseguir el bienestar personal y el de los demás, y balanceado en su potencia por un sentimiento altruista hacia los otros.

El libro de Smith justamente comienza con las siguientes palabras ““por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos en su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros, de tal modo que la felicidad de estos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla””[11]

La simpatía hace referencia al hecho de que simpatizamos con el dolor y con el placer ajenos, no por una cuestión de comunión con los afectos del otro, sino porque nos identificamos con la situación en la que el otro se encuentra y juzgamos sus sentimientos según nuestra forma de actuar. De esta forma la simpatía no tendría su origen en la percepción de los sentimientos ajenos sino en la percepción de una situación, y en la consideración de nuestro comportamiento en esas circunstancias, lo cual implica una mezcla entre altruismo y egoísmo, ya que esta simpatía depende de la aprobación de los sentimientos ajenos según la medida de nuestros propios sentimientos.

En palabras de Adam Smith (1759)

Cuando acontece que las pasiones de la persona a quien principalmente conciernen, se encentran en armonía perfecta con las emociones de simpatía del espectador,  por necesidad le parecerán  a éste justas y decorosas, y adecuadas a sus objetos, y, por lo contrario, cuando poniéndose en el caso descubre que no coinciden  con sus personales sentimientos, necesariamente habrán de parecerle justas e impropias, e inadecuadas a los motivos que las mueven (p 46)[12]

De esta manera parece lograrse una combinación perfecta entre el egoísmo del hombre y la convivencia y los beneficios sociales, ya que a través del sentimiento de simpatía, los sentimientos morales  pasarían a estar en cierto modo modelados y moderados por la sociedad, actuando cada individuo según su propio interés.

De esta forma las acciones de los individuos pasaron a ser explicadas en buena parte por el interés propio. Concebir al interés como el motor de las acciones humanas arrojaba cierta esperanza, ya que se aparecía como un mecanismo que no dependía de las dos motivaciones humanas que habían ocupado el análisis hasta el momento, la razón, a la que se veía como ineficaz y las pasiones que eran consideradas destructivas. ““Se veía al interés participando de la mejor naturaleza de cada una de aquellas categorías, como la pasión del amor a sí mismo elevada y contenida por la razón, y como la razón dotada de dirección y fuerza por esa pasión””. [13]

La comodidad de concebir al interés como la motivación dominante de las conductas humanas no se debía solamente a que ofrecía un escape a esta dicotomía entre las pasiones y la razón, sino que presentaba otras ventajas. En este sentido como menciona Hirschman, la ventaja más general era la “posibilidad de previsión”.

La idea de que los hombres se guían invariablemente por sus intereses pudo lograr entonces una amplia aceptación y cualquier descontento que la idea causara, quedaba compensado por el pensamiento de que el mundo podía volverse un lugar más previsible. La convicción era la de que si un hombre se comporta de acuerdo a la persecución de sus intereses entonces le irá bien y no solo a él, sino que otros individuos también se benefician cuando el patrón de comportamiento es el de perseguir el interés propio, ya que el curso de acción de las decisiones se vuelve ““transparente y previsible, casi tanto como si fuésemos una persona totalmente virtuosa””[14]. En este sentido podemos apreciar el paralelismo que existe entre este juicio y el concepto de simpatía presentado por Smith, ya que mediante ésta, el individuo toma posición respecto al comportamiento de los demás y espera que  ellos hagan lo mismo. De esta forma el interés individual termina conduciendo hacia una suerte de homogenización de las conductas, tomando la forma de interés general. Esto se fundamenta en la necesidad que siente el hombre de recibir la aceptación de los demás por sus actos y en el regocijo que le provoca que los otros hagan suyas sus propias pasiones, o la aflicción que le provoca que suceda lo contrario. Así se construye un orden social mucho mas estable y previsible, en el cual el interés individual contribuye a garantizar la convivencia y a incrementar el bienestar general.

De este modo se presenta la posibilidad de obtener ganancias mutuas mediante la persecución del interés propio en las decisiones políticas. Si bien esta idea parecía no ser compatible con las características de la política exterior, donde se suponía que las naciones tenían intereses contrapuestos y competían por los mercados, a la hora de vislumbrar las cuestiones pertinentes a la política interna, la posibilidad de previsión de la conducta humana mediante el interés, aparecía como claramente beneficiosa.

Por lo tanto la oportunidad de prever el comportamiento era muy valorada, ya que justamente la inconstancia y la volatilidad eran vistas como los impedimentos fundamentales para el establecimiento de un orden social  viable. De hecho uno de los rasgos que se consideraba como más objetable y peligroso del comportamiento impulsado por las pasiones era su carácter fluctuante e imprevisible. En la búsqueda de sus intereses se supone que los hombres son firmes, constantes y metódicos, al contrario del comportamiento de aquellos hombres que actúan cegados por sus pasiones. Por lo tanto que mejor manera de contrarrestar estas pasiones, que justamente con la constancia de su interés propio

Matias Prieto

REFERENCIAS

[1] Sen Amartya.(1976), Elección colectiva y bienestar social, Alianza Editorial, p 202

[2]  Matemático, estadístico y economista rumano (1906-1994), conocido por su obra de 1971 La ley de la entropía y el proceso económico, en la cual establece la visión de que la segunda ley de la termodinámica gobierna los procesos económicos, es decir, que la “energía libre” utilizable tiende a dispersarse o a perderse en forma de “energía restringida”. Su libro se considera la obra fundacional en el campo de la termoeconomía

[3]  Carpintero Oscar.(2006) La bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen, Montesinos, Barcelona

[4] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 23

[5] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 24

[6] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 26

[7] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 32

[8]Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 39

[9]Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 47

[10] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 48

[11] Smith, Adam.(1979), Teoría de los sentimientos morales, Fondo de cultura económica, México, p 31

[12] Smith, Adam.(1979), Teoría de los sentimientos morales, Fondo de cultura económica, México, p 46

[13] Hirschman Albert. (1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 50

[14] Hirschman Albert.(1977), Las pasiones y los intereses, Fondo de cultura económica, México, p 57

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